lunes, 11 de agosto de 2008

Rancagua: Entre la paz y el olvido

“Que suerte tienes Rancagua,
tienes perfume de pueblo
e impregna a todos tus hijos
con el aroma del tiempo”
José Ricardo Irusta (poeta local)



Aún en vacaciones, el lunes es un día peculiar. Trae aparejado una serie de molestas sensaciones: nos ponemos a pensar en las cosas que tendríamos que haber hecho la semana anterior, nos asaltan los arrepentimientos del sábado y el domingo, y nos castigamos delineando una lista mental de las tareas que no podemos dejar de hacer en estos siete días que comienzan (y que probablemente incluiremos en la primer categoría la próxima semana). Si el cielo amenaza con una lluvia inminente y el viento nos obliga a esconder nuestras narices detras del cuello de la campera, la situación es peor. Y ese es precisamente el panorama de este día lunes, en el que el gris del cielo se funde con el color de la ruta provincial nº 32 y hasta los árboles parecen teñirse de un verde más oscuro. La imagen es lúgubre, pero de repente y a la distancia, emergen dos altas columnas que salpican el sombrío paisaje de un brillante blanco y un radiante azul. A medida que me acerco, sobre ellas se van dibujando unas letras, pero hará falta situarse justo en frente para leer su inscripción: Bienvenidos a Rancagua.

Rancagua es un pueblo del norte de la provincia de Buenos Aires, ubicado en el el partido de Pergamino, a 17 kilómetros de la ciudad homónima y a 23 kilómetros de la localidad balnearia de Salto. Para la inmensa mayoría de los bonaerenses, será un lugar cuya existencia desconocen o, para los más informados, un diminuto punto en el gran mapa de la provincia. Para mí y mi familia materna se trata de pueblo de cuentos en el que nuestros antepasados han forjado perdurables amistades y gratos recuerdos que hemos heredado con agrado. Ésto se debe a que se encuentra a escasos kilómetros de La Benicia, una modesta pero queridísima estancia familiar cuya creación data del año 1856, en la que nos reunimos asiduamente con parientes y amigos. Y en cada una de esas ocasiones es, como lo era para nuestros abuelos y bisabuelos, cita obligada la visita a Rancagua, donde perpetuamos las amistades y seguimos sumando recuerdos.


Dos largos kilómetros separan las columnas que dan la bienvenida a locales y visitantes del corazón del pueblo. En ese trayecto, antiguos galpones desteñidos por el tiempo, viejos silos en probable desuso, enormes tractores estacionados, paradas de colectivo en composé con los colores de la entrada, las más diversas variedades de árboles y hasta un infaltable puesto del Gauchito Gil se disputan la atención de los recién llegados. A medida que uno se aleja de la ruta comienzan a aparecer esporádicas casas, algunas añejadas por los años y otras que parecen estar de estreno. Las distancias entre las construcciones se van acortando hasta que en una esquina, unas letras amarillas sobre un marco de madera recuedan a los olvidadizos que están en Rancagua. Una pequeña placa anexada recientemente lee “1904-2004”. La celebración del centenario fue todo un acontecimiento para el pueblo rancagüense que el día 6 de Noviembre del año referido, se reunió a pleno para compartir una misa, números artísticos, fuegos artificiales y una cena con baile en el club local.
En la cuadra siguiente al cartel, se erige un edificio de color tiza, con techo a dos aguas y pequeñas ventanas amarillas, flanqueado por varios árboles y rodeado de una cerca de ladrillo a la vista. Una pequeña tranquera yace abierta, lo cual es curioso porque es época de vacaciones y el establecimiento en cuestión alberga a la escuela primaria Nº 54 y a la media Instituto Comercial Rancagua. Se trata del único recinto educactivo de la localidad (a excepción de jardín de infantes) y, contrariamente a lo que mis prejuicios citadinos suponían, no se trata de una improvisada escuelita rural, sino de uno de los colegios más prestigiosos del partido, al que asisten alumnos de varias ciudades aledañas. Por esta razón las clases no comienzan hasta las 11 de la mañana, lo cual da tiempo a los residentes de otros pueblos a llegar en horario sin tener que levantarse de madrugada (vivir en provincia y asistir a la facultad en capital me hace sentir extrañamente identificada).

La imagen de una tranquera abierta me pareció siempre sumamente sugestiva. Es prácticamente una invitación a pasar que no acepta un ‘no’ por respuesta. En este caso, se me ocurre, esa insinuación podría simbolizar a la totalidad del pueblo. Rancagua lo recibe a uno con los brazos abiertos, con ganas de hacerlo parte de su historia. En cada ocasión que he venido, y ésta no es la excepción, me sorprende la sociabilidad de la gente. Todos los vecinos se saludan entre sí y también a los desconocidos. En el gran Buenos Aires, pienso, a cualquier ajeno al barrio le tememos, lo vemos como un ‘sospechoso’, esperamos a que pase para entrar a la casa, nos cruzamos de vereda. Acá, lo saludan. Y no de modo frío, mecánico. Es un gesto sincero y cordial. Y no hay excepciones: saludan los que caminan, los que andan en bicicleta, los que conducen autos y tractores, los que montan a caballo y hasta el chofer del Águila, el único colectivo de la zona cuyo recorrido (Pergamino-Salto) es tan extenso que uno podría perdonarle el mal humor. Pero allí está el hombre, agitando la mano con una sonrisa.

El núcleo de Rancagua consta de unas 50 manzanas, surcadas por calles pavimentadas. El asfalto se ve flamante, perfectamente liso y de un gris homogéneo, sin rasgos de los famosos “baches” que cubren la metrópolis. El hecho de ser nuevo es sin duda la causa principal de su impecable aspecto, pero seguramente tenga que ver también el escaso tráfico que recorre estas calles. Apenas un par de camionetas y algún que otro auto se cruzan en el camino. Y no es inusual encontrarse con máquinas cosechadoras o familias enteras a caballo. El sonido al andar de estos animales, el cantar de los pájaros y el silbido del viento son lo único que se escucha en estos pagos. Claro que es la hora de la siesta y, se sabe, en el interior es sagrada. Pero me cuesta creer que el ruido pueda alcanzar aquí decibeles muy altos.
En las veredas, conviven casitas nuevas o al menos recién pintadas, con verdaderos monumentos históricos. Todas las construcciones son bajas y, en algunos casos, las ventanas están ocultas tras la frondosidad de la arboleda. Las bicicletas yacen sobre la acerca, sin candados ni cadenas. En cada esquina, un poste con carteles enchapados de color azul y con letras blancas informa sólo el nombre de las calles. Al parecer, la altura y el sentido no son datos necesarios en un lugar como éste, basta con saber la intersección para ubicarse.
En una de esas intersecciones, se alza el Club Argentino Social y Deportivo, toda una institución en Rancagua. Su sede es un austero edificio de ladrillos rojos y puerta blanca, en cuyo costado se halla una placa que reza: “Fundado el 23 de Marzo de 1923”. Consta de un buffet, canchas de bochas y fútbol y un gran salón que se alquila para ocasiones especiales. Recuerdo una visita en que nos contaban que el pueblo estaba convulsionado porque ese día se festejaban dos grandes eventos, un bautismo y un cumpleaños de 15, lo cual era demasiado para una localidad donde todas las familias se conocen. Frente al Club, se encuentra la Cooperativa eléctrica, telefónica, de vivienda y otros servicios públicos. Como su (largo) nombre sugiere, de su buen funcionamiento depende en gran medida el bienestar de la población. Mi tío (quien decidió acompañarme al igual que mi padre en este recorrido por Rancagua) me comenta que uno de los beneficios de asociarse a la cooperativa es que ofrece entierro gratuito en el cementerio local. Me sonrío al recordar lo que decía una publicidad, eso de “siempre es mejor ser socio”. Me explica también que la calle sobre la que nos encontramos, llamada Raúl Santoro, debe su nombre a un médico rosarino que se instala en el pueblo en la década del 60 y emprende una ardua investigación en pos de encontrar una medida de prevención contra la enfermedad endémica “mal de los rastrojos”, que por esos años se cobraba varias vidas en la zona. Mi tío me dice que su aporte a la tarea fue clave pero el mérito se lo llevaron los médicos estadounidenses que registraron la vacuna. Es la historia de siempre, pienso, pero al menos el pueblo que lo acogió durante años sí reconoció su trabajo.


Después de sacar unas fotos por la calle, regresamos al auto (que habíamos dejado abierto y en marcha, tal es el nivel de confianza que inspira este lugar) y nos dirigimos a visitar la tienda Ravel, atendida por una familia a la que mis tíos y madre conocen desde siempre. Don Raúl Martín, el dueño, accede gustoso a compartir una charla y nos invita enseguida a tomar unos mates en el living de su casa, al fondo del local. Me comenta que tiene ese negocio desde hace 30 años, que originalmente era sólo peluquería, luego comenzó a vender billetes de lotería y a incorporar paulatinamente otras mercaderías: hoy vende ropa, artículos de perfumeria, y huevos y miel producidos en su propio campo (mi padre aprovecha para reservarle unos tarros). Entre mate y mate, surge el tema de que los hijos antiguamente nacían en las casas. Don Raúl nos cuenta:
-Los vecinos de la esquina vivían en el campo. El tipo una vez se vino a buscar a la partera. Y antes de la partera, a la mitad del camino, había un boliche. Y se juntaron el pariente, el hermano y él. Se pusieron borrachos, estuvieron ocho días en el boliche. Y cuando fue, ya el pibe había nacido solo.
Ante nuestra sorpresa, ofrece los apellidos de los involucrados para reafirmar la veracidad de lo que nos dice. Mi tío le pregunta si no va a quedar como un cuentero. Yo le digo que no se preocupe, que mi trabajo acá no llega.
Me habían comentado que los chicos del Instituto Comercial publicaban un diario. Apenas lo menciono, Raúl se pone de pie y me da un número del “ArteSano”, el periódico local editado por el taller de periodismo de la escuela, con la colaboración de varias familias cuya ayuda se agradece con una mención. Son 20 páginas de artículos realizados por profesores y alumnos del establecimiento. En la última, figuran los cumpleaños del mes, y los recientes nacimientos y fallecimientos. Me sorprende ver que en los anuncios publicitarios de los negocios locales (también hay algunos de la ciudad de Pergamino) sólo figura el nombre del local o de su dueño y, en algunos casos, el teléfono pero casi en ninguno aparece la dirección. Otra pauta más de lo mucho que se conoce la comunidad: todos saben donde encontrarse.

Don Raúl me propone presentarme a un vecino que ha escrito un libro sobre Rancagua. Sin ningún problema, cierra el local y se nos une en el auto con rumbo a la Asociación Agricultores Federados donde enseguida se le acerca un hombre a saludarlo. Me presenta a José Ricardo Irusta, quien ante mi explicación ofrece prestarme su libro. Así es la gente en estos pagos, nunca dudan en dar una mano aún si se trata de desconocidos. Lo acompañamos hasta su casa (acá todas las distancias son cortas) y mientras juego con Pompón, un diminuto perro que al principio ladra como fiera sin ninguna noción de su tamaño, Irusta me alcanza una encuadernación titulada “Historia de mi pueblo”. Es una compilación en la que Irusta incluyó fotografías, datos y fechas claves y poemas de su autoría. Le pregunto que lo motivó a escribir. Me dice:
-Yo nací en Salto, pero llegué a Rancagua con horas de vida. Soy como un hijo adoptivo. El libro lo escribí por amor y en agradecimiento.





El siguiente destino es lo que podría ser llamado el centro de la localidad. Me refiero a la Plaza “12 de Octubre”, en la que todo está pintado de azul y blanco, al igual que la entrada al pueblo. Hay subibajas, hamacas, trepadoras, y me sonrío al pensar que me he roto más de un pantalón deslizándome por las tablas de madera de ese tobogán. Debajo de uno de los bancos, descansa una pelota de fútbol. Los chicos la dejan ahí al terminar de jugar, con toda la confianza de que estará allí cuando vuelvan. Me pregunto cuánto tardaría en desaparecer en cualquier otra plaza.
Enfrente se erige la Capilla Nuestra Señora de Luján. Es una construcción adorable hecha de ladrillos colorados, con una gran puerta de madera oscura entre dos faroles negros. En lo alto, posee una cruz y una campana y en el medio de éstas, se encuentran dos nidos de hornero que están allí desde que tengo memoria. Imagino en cuantas fotos, en cuantos recuerdos de bautismos, comuniones y casamientos aparecerán esas dos pequeñas cuevitas. En el interior de la capilla, los largos y clásicos bancos utilizados por los fieles durante el servicio religioso tienen asignados ya los nombres de cada una de las familias pueblerinas que asisten a misa.
A un lado de la plaza, se encuentra el jardín de infantes Nº 906 “Mi sueño”. El edificio es bastante similar al de la escuela, acaso porque sus aulas fueron las primeras fundadas para albergar a los niños ávidos de aprender. Al otro lado se encuentran la delegación municipal, el destacamento policial y la sala de primeros auxilios “Dr. Ricardo H. Fernández”. Un lugareño nos comenta que sólo está abierta de 7 a 11. “Acá nos enfermamos de mañana nomás”, bromea.

Una de las construcciones más bellas de la zona es la antigua estación del ferrocarril Belgrano. Es un edificio blanco y gris, con puertas y ventanas azules y una hermosa galería sostenida por columnas celestes, con capiteles ornamentados. El tren fue de vital importancia para la gestación y desarrollo del pueblo. Por su presencia, Rancagua llegó a ser pujante y a tener gran influencia en la economía agrícolo-ganadera de la región. Pero el cese de sus funciones, hace más de 45 años, tuvo graves consecuencias para la comunidad. El pueblo padeció un rápido despoblamiento seguido por un pronunciado estancamiento del que nunca pudo recuperarse plenamente. Hoy, los andenes del ferrocarril que levantó y condenó a la problación funcionan como sede del Centro de Jubilados y Pensionados, cuyos miembros se juntan a compartir comidas y a disfrutar de afables partidos de tejos y bochas.

A varias cuadras del corazón del pueblo, en lo que podrían llamarse “las afueras”, nos encontramos con el cementerio local. Es un edificio blanco, notablemente deteriorado por el paso del tiempo que le dio una tonalidad gris y amarillenta a sus paredes. Un gran portón de rejas negras protege el descanso de los que ya no están entre nosotros. Encima de la entrada, y sobre una cruz, puede leerse en letras negras: PAX. Se me ocurre que en pocos lugares habrá de respetarse tanto ese deseo.

1 comentario:

Lisandro dijo...

¡Felicitaciones! ¡Está muy bueno tu laburo! Me gustó mucho el tono intimista, que ya se venía viendo en varios de tus escritos, por ejemplo cuando reflexionas "imagino en cuantas fotos ..... fotos aprecerán esas dos cuevitas". Es bien descriptivo tod el relato, eso está bueno, es algo que a mí por lo menos no me sale tan fácil, en el relato uno tiene la senación de estar ahí. Me pareció muy loco el tema de la escuela que abre a las 11 de la mañana y los nombres de las familias en los bancos de la iglesia, habla un poco de lo diferente que pueden ser lugares tan cercanos a la gran ciudad. El tema del ferrocarril sin funcionar es tristícimo, es algo que le paso a muchísimos pueblos del interior (entre ellos Gualeguay), muchos hoy "pueblos fantasmas"; a ver si se dejan de joder con el tren bala se ponen las pilas y recuperan toda la red de trenes que tanto bien le hacía a muchos pueblos.